Alto Teatro

Alto Teatro nació después de un golpe. Un golpe tremendo que trajo miedo y pesadillas.

Y también sueños lindos de esperanza y trabajo. Freddy Chipana es un actor connotado del Teatro de los Andes. La gente lo reconoce y hasta le invitan cerveza.

Está haciendo de Dolón, Lycaon y Patroclo en La Ilíada, versión César Brie. Hace siete años que vive en Yotala (Sucre) y ha participado en Las abarcas del tiempo (estrenada en 1995), Ubú en Bolivia (estrenada en 1994) y Graffiti (1999).

Está enamorando con una chica salvadoreña y cuando cuelga el teléfono fijo, choca y cae en la casa. Conmoción cerebral.

Por la noche tiene mareos, vómitos, fuerte dolor de cabeza. Años después escribe en el “feis” de Alto Teatro, “dejé los Andes por un estúpido accidente”.

El neurólogo recomienda reposo absoluto.

Siempre vestidos de negro, los integrantes de la batucada de Alto Teatro

Alto Teatro

Chipana trata de no pensar pero no puede, ve lucecitas que se encienden poco a poco y luego una página en blanco al final de un túnel.

La hija del neurólogo le habla de hacer teatro con los chicos del cementerio y con los “lustras”. Todo son señales.

Chipana recuerda sus inicios en Ojo Morado (1990-1997), elenco nacido de Tres Soles, el segundo nombre del Hogar Albergue para Menores Abandonados (HAPMA) de la ciudad de El Alto.

Chipana recuerda también que escribe desde siempre. Algo está pasando, es como el viento que viene. Se arma de valor y le dice a Brie que se va.

El “Turco” (Jorge Jamarlli) se emputa, el César solo alcanza a balbucear: “pues sí ha sido fuerte el golpe”. Durante un año más, sigue haciendo sus papeles en La Ilíada.

Chipana se ha cansado de las giras por Europa, no le gusta que su familia y amigos no puedan verle actuar (le dan tres entradas de cortesía y sus familiares son veinte) y se pregunta por el carácter pequeño-burgués de todo.

“El Teatro de los Andes ha sido mi casa, soy muy agradecido, fui parte de la mejor época y renuncié en la edad de oro”.

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Una presentación en abril de 2011

Uno: La Prehistoria (un ojo morado)

La primera vez que va al teatro es a una obra de Hugo Pozo, Escuela de Pillos, en el Municipal.

Los primeros textos que interpreta en Ojo Morado titulan así: El lazarillo de Tormes, El conejo que quería ser Dios, El país de la fantasía y El Principito. Son los tiempos de Tres Soles/Ojo Morado.

Por esos caminos alteños, también anda un joven llamado Lucas Achirico Espinoza y su zampoña.

El Lucas parte primero a Yotala, luego llega Freddy tras el segundo taller de “los Andes”. Brie dice que hay que tirarse de cabeza y todos lo hacen. Saben que no va a doler.

César los cuida. Yotala necesita 50.000 dólares al año y (Giam) Paolo Nalli los consigue. Se puede vivir del teatro en Bolivia.

Chipana ha tenido dos escuelas: una humana, Ojo Morado, donde aprendió que la creación colectiva pasa por los sueños, en aquel tiempo eran los anhelos de unos cuantos chicos de la calle; era/es la necesidad de ser escuchados.

Y una escuela técnica (Yotala) donde aprende que se llega al teatro para ensamblar, no ensayar; donde se construye desde las entrañas/oído/manos para que el otro pueda crecer contigo.

“Había una sana competencia por sorprender al compañero, siempre estar al nivel”. Luego viene la imagen, la metáfora, el símbolo, no como receta. Sino como búsqueda.

La belleza de lo feo, trabajar sobre lo que no se tiene (aún). Sobre las cosas imposibles. Cuando el teatro copia a la vida, Chipana se aburre y se va.

De “los Andes” se trae la poesía (escénica), el lugar imposible.

Una vez vio al italiano Pippo Delbono en Buenos Aires, en La Comuna.

Su personaje tiene unas muletas colgadas sobre sus brazos.

Está quieto y luego se desploma con los brazos al viento. Chipana, espectador, hace el resto: “yo lo vi volando, era un pájaro volando lejos, transformado. Y lloré”.

El Pippo dice que el teatro es un sondeo del ser humano, un reflejo de quienes somos y tal vez de quienes deberíamos ser.

El Pippo dice que es hora de acabar con el teatro burgués, es hora de hacer teatro para todos, para pobres y cuerdos, para ricos y locos.

Dos: La Edad Antigua (una plegaria)

Un día Liber Forti le dice a Freddy Chipana: “saca el teatro del teatro, vete a las minas, a los colegios, a las cárceles, no hagas teatro para el teatro”.

“Vete a esos sitios pero no vayas a enseñar, vete a aprender”.

El sentimiento no se actúa. Chipana busca una sensibilidad, la encuentra en los ojos del compañero, en esa ventanita.

Hace teatro de grupo, teatro de autor para estar vivo, para arrastrar un cuerpo que no mienta. Cree que lo que pasa en el escenario solo sucede una vez.

Alto Teatro se reinventa, se transforma. En cada obra se despide de ese instante único.

El escenario no puede ser un lugar cómodo/cotidiano.

Siente la rabia. Así nace Alto Teatro, Edad Antigua, con una Plegaria (2003).

No podía ser de otra manera, se viene al mundo rezando. Son cinco. Bernabé Pacheco (años después se mata), Alcides Chambi, Ruth Soria, Andrea Riera y Chipana, Freddy.

La ponen en Cochabamba (en el Festival Peter Travesí) y en un certamen de la Universidad Católica en La Paz.

Es muy visual. Es el inicio pero también es el retorno del presente.

Viven todos juntos en una casa del barrio alteño de Villa Tunari, cerca a la UPEA. Son almas puras. No son los mejores, son los correctos, piensa Chipana. No son una secta.

O no quieren serlo. La única regla: el compromiso, el de verdad. Son compañeros, no padre e hijos. Trabajan con lo que son.

En Plegaria hay garras, locura (transcurre en un manicomio), formas de amor, dos ciegos que se ven. Y memoria.

En 2004 llega Cuéntame abuelo, la historia del imperio de los pájaros, la guerra de los animales y la llegada del hombre.

Hay zancos, máscaras, cantos, un águila, un cóndor.

Inocencia y poder. Se suman Carmen Tito, César Zárate (hermano de Freddy), Édgar Chipana, Juan José Canazas, Joel Eyzaguirre y Fabiana Escóbar. Un año después, la tercera: Un país en sueños.

Se estrena en el teatro Modesta Sanjinés de la Casa de la Cultura de La Paz. Los cuerpos danzan.

Es producto de un taller/investigación (“Chau París”) en la radio Wayna Tambo.

Son pájaros que migran y vuelven, de aves que no pueden regresar, de un país destripado, de los que se quedan.

Migración y ausencia presente.

El público llora. Producto de talleres, estrenarán a lo largo de estos 20 años obras efímeras como Las apariencias engañan, Explotando ideas, En hora buena, Quién entiende, El silencio, Pétalos, Cerca del cielo…

Tres: La Edad Media (una burbuja)

En 2006 Alto Teatro hace obras cortas/infantiles para la Alianza Francesa. Les dan becas para aprender francés y algunos aprovechan. El árbol infinito, Mario, armario…

Siguen colaborando con la Ayuda Obrera Suiza (AOS), sin romper el hilo umbilical de la Comunidad Tres Soles/Ojo Morado y el nexo con Stefan Gurtner Hari, “alma pater”.

Montan En una plaza, fruto de otro taller. Y en aquellos tiempos de racismo puro y duro, de piel y problemas, hacen Solo contesto (2008).

“Cada uno se creía mejor que el otro, se cortaban corbatas, nos devorábamos a nosotros mismos”. Intolerancia, discriminación a borbotones.

“La violencia más cabrona es la que ejerce un boliviano contra otro boliviano. Somos seres en peligro de nuestra propia estupidez, de la estupidez de creer tener una solución, una verdad”.

Por entonces son: Rocío Quisbert, Soledad Machaca, Carmen Tito, Jorge Lahore, Verónica Paye, Chipana.

El teatro (de Alto Teatro) busca desordenar todo eso.

Es artesanal, es del pobre para el pobre. Con lo que toca, con lo que se respira. Creatividad y esencia, pura.

Siguen haciendo teatro para estudiantes, para colegios. En una burbuja va a tener versiones ajenas, copias que ganan premios. Es la mala educación.

Hacen preguntas, como en todas las obras de Alto Teatro.

“¿Qué viene después de las aulas?, ¿con qué te vas a defender?, ¿por qué no dices lo que piensas en la escuela?, ¿por qué está prohibido equivocarse al multiplicar dos por dos?, ¿por qué respondes preguntando?” ¿No ve? La identidad, otra vez. 

Cuatro: La Edad Moderna (un peligro)

En 2009 aterriza Peligro y todo cambia. La van a representar más de 200 veces (35 solo en Francia). Van a ganar premios por doquier.

Todas las obras de Alto Teatro han logrado galardones. La estrenan en El Bunker, aquella vez con 23 actores y actrices (el “Turco” Jamarlli, incluido). Luego van a quedar solo 10 para girar y girar como trompo.

Entonces son: Édgar y Freddy Chipana, Carlos y César Zárate, Fernanda Barral, Carmen Tito, los tres Mamani/hermanos (María, José y Erwin) y Verónica Paye. Ya están todos lo que son.

Antes de Peligro nadie toca ningún instrumento. Aparece un clarinete olvidado. Compran más instrumentos, invierten en ellos mismos para crecer/creer.

Hay apetito voraz por aprender, por encontrar la nota. No nace primero el texto, en los orígenes está la música.

Lo más obvio, lo más facilón es pensar en morenadas, cuecas, acaso tinkus. Kusturica. Balcanes. Gitanos.

Es el mismo quilombo, han dado con la tecla.

Algunos terminan siendo capaces de leer partituras. Van a hablar de ellos mismos, de cómo sobrevive un artista en el mundo esclavizante del trabajo.

Todavía se divierten harto cuando la reponen, aún son funambulistas en peligro. “¿Por qué si en vez de pegar a los tambores, los tocamos?”.

Nace Alto Teatro Batucada, el grupo be, los de medio tiempo. Aprenden a tocar y bailar a la vez. Traen tambores de Argentina, otros de Brasil.

Al día de hoy, son más de 20. Van de negro, todos de negro, son los “All Blacks” del teatro boliviano.

La “haka” es ahora alteña. Ahora ellxs sacan la lengua para meter miedo, para ser vistos y escuchados.

Eterna tiene esta primera línea: “La madre ha muerto hace cinco miserables días”.

Son, en un principio, Carmen Tito, Mariela (“Sasha”) Salaverry Vicente, Cintia Cortez y Alejandra Quiroz con la argentina Francisca Osella de madre.

¿Esconden las hijas sus pecados para siempre?

Cinco: La Edad Contemporánea (ratas y basura)

Chipana ve a un tipo en la tele.

Es un malo de verdad, un psicópata. Confiesa sus horrores, sus crímenes y dispara ante la cámara, ante nuestros ojos: “Ustedes me han creado, ustedes nos necesitan”.

Chipana se queda un mes pensando. Y después escribe Ratas (2019).

Es la primera vez que se va a quedar solo en escena. Él concibe los espectáculos, los dirige, se reserva muchas veces un papel.

Su estilo es poderosamente visual. Ahora es el grupo el que tiene que lidiar no con un director exigente (no perdona la mediocridad) sino con un actor ante el reto mayor.

Recuerda unas palabras de Achirico, Lucas: “el monólogo es una tesis, hay que tener miedo”.

En la escena, no hay refugio. Cambia el texto mil veces. La noche anterior al estreno en Chile no puede dormir. Tiene pavor a quedarse ciego, a engañarse.

Ratas también nos habla a todos: ¿somos gatos/dioses o malditas ratas?, ¿vivimos en el paraíso o sobrevivimos en el averno?

A Chipana, muchos meses después alguien le confiesa: eres un pitoniso, tus obras ven el futuro.

Esos gatos y esos ratones chocaron de golpe en las calles. Otra vez nos comemos los unos a los otros. Los unos siempre son los mismos, los otros, también.

El teatro político de Alto Teatro devela. Cuando llega la pandemia del coronavirus, el estreno de Basura se postpone “sine die”.

No quieren hacer un Peligro dos. Esta vez parte del texto. Una señora busca en la basura del muladar K’ellapata para alimentar a sus perritos de la calle.

Es el disparador para las interrogaciones: “¿Alguna vez te han tratado como basura? ¿Existe esperanza/riqueza en la basura?”

En Alto Teatro no hay nada masticado, chau complacencia. Quieren llegar al público de otras maneras.

Chipana vive con su hermano en la 16. Los jueves y domingos a la noche, cuando la Feria se hace gas, solo queda basura.

Lleva 30 obras escritas. Han querido publicarlas pero la plata no alcanza. Se han dado cuenta de que hay personajes (y temas) que viajan a través de los textos.

Son raíces, estelas, nexos, hilos. Son esos perros negros y callejeros que vienen y van, que se despiden antes del fuego.

Seis: La Edad Futura (el fin del mundo)

“No nos vamos a prohibir nada”. Esa es la única consigna para el porvenir. Chipana seguirá trabajando con otros grupos y producciones teatrales.

Lo ha hecho con Grito (en Dime que me amas), con los argentinos Nueva Escena (en Respiro y Suspiros de ausencias), con los tarijeños Itaú (en Monumentos), con A Lu-k (en Hambre), con Phajsi Teatro (en Reflejos), con las Koris Warmis (en Deja vu), con Macondo Art (en La duda), con El Demoledor (en La noche del viernes de Jaime Saenz).

Lo seguirán llamando desde el extranjero (“en Bolivia hay montajistas pero nos falta dirección de actores”).

Como lo reclamaron desde Uruguay para hacer Uz, el pueblo de Gabriel Calderón o desde Chile para montar La niña libélula y el secreto del colibrí. Ahí se trata de desaprender, de dar nuevas formas.

La muchachada de Alto Teatro seguirá girando por el mundo y repetirán en festivales internacionales.

Como el Fintdanz de Iquique, el Relevos de Jujuy, el Zicosur de Antofagasta, el Carnavalón de Arica, Filo de Londrina, las Temporales Teatrales de Puerto Montt, el Fiteca de Ilo, el Festival Solidarités francés…

Alto Teatro tiene en lista de espera —al menos— cuatro obras.

Pronto llegará Infinita locura, producción de Ariel Vargas del espacio Tía Ñola de Santa Cruz; Cholet; un monólogo sobre el encierro y la pandemia llamado En no sé dónde y Las mariposas en el fin del mundo.

El teatro del grupo se da la mano con el teatro de autor (las imágenes poderosas con la palabra evocadora) pero la dramaturgia más importante es la del actor/actriz que solo puede volar cuando el espectador lo ve/siente volar sin muletas.

Son las cosas mágicas/imposibles, las cosas que (nos) hacen bien.

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