Argentina : cuando el odio tiene altavoz

Esas citas textuales son un muestrario de un repertorio frecuente y expandido. Quienes llevan a cabo protestas económicas, políticas o sociales reciben calificativos como “negros de mierda”, que “laburan de piqueteros, muchos no son argentinos”. Víctimas de violencia institucional que perdieron la vida, como los jóvenes Santiago Maldonado o Rafael Nahuel, son descritos como victimarios, mientras los funcionarios a cargo de la represión son enaltecidos. El panorama incluye frases que suenan a amenaza: “Van a correr”, “la gente en la calle dice ‘los quiero matar’”, “van a perder y van a desaparecer”.

El voltaje del discurso enarbolado por periodistas, columnistas y entrevistados que no reciben objeción alguna puede resultar impactante, pero no terminará de sorprender en otras latitudes. Habrá colombianos que escucharon registros similares contra jóvenes que encabezaron las protestas contra Álvaro Duque en mayo de 2021, chilenos que reconocerán el vocabulario aplicado a mapuches y los “alienígenas” del estallido social, españoles que pensarán en los agravios mediáticos contra independentistas catalanes y dirigentes de Podemos, y estadounidenses que sentirán un eco familiar de Fox News.

La particularidad del capítulo argentino de los discursos radicalizados de derecha está dada por la magnitud y el alcance de su difusión. “El podio de medios digitales, señales de noticias opinadas y estaciones de radio está compuesto por plataformas en las que la producción y circulación de mensajes radicalizados son cotidianas”, explica Martín Becerra, profesor de las universidades de Buenos Aires y Quilmes e investigador en temas de políticas de comunicación del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas.

Así, los misiles irrumpen día tras día en el prime time de los dos principales grupos de comunicación, Clarín y La Nación, y de otros conglomerados de similar corte ideológico y/o avidez por captar mercado. Para trazar un paralelo, sería como si las dagas discriminatorias e izquierdofóbicas de Fox News y radios generalistas de Estados Unidos circularan sin inhibición por los canales CNN, NBC y CBS, o por las webs de The New York Times y The Washington Post. O como si el grupo español Prisa hiciera propia la furia de Es Radio y otros tertulianos de las emisoras de derecha.

Dos tradiciones, una voz

Clarín es una marca con un recorrido de ocho décadas en el mercado de medios argentino. Circunscripta a un diario en sus orígenes, hoy lidera o secunda la audiencia y el alcance en todos los soportes de la comunicación. Su portal principal, con casi 18 millones de visitantes únicos, se ubica entre los más visitados en el mundo de habla castellana y ocupa el segundo lugar detrás de Infobae, la misma posición que ocupa El Trece, su canal de televisión en abierto en Buenos Aires, detrás de Telefe (Viacom). Radio Mitre es la emisora generalista de más audiencia, con 37% en Buenos Aires, y también lo es FM 100 entre las de fórmula (24%). Su canal de noticias, TN, también lidera en su segmento. Además, el Grupo Clarín es dueño de dos de los principales diarios de provincias —La Voz, en Córdoba, y Los Andes, en Mendoza—, edita media docena de revistas y un periódico deportivo, posee una editorial de textos educativos y conduce varias radios y canales de televisión en el interior del país.

Con esos activos —citar toda la lista sería abrumador—, Clarín alcanza un peso decisivo en el ecosistema informativo, pero su facturación quedó a la sombra del negocio de las telecomunicaciones agrupado en Telecom Argentina. Con 20,1 millones de clientes en telefonía móvil, 2,2 millones en telefonía fija, 4,2 milllones en banda ancha y 3,5 millones en televisión de pago, Telecom alcanzó una facturación de 1.900 millones de dólares en el primer semestre de 2022, según su último balance de resultados informado.

Durante el Gobierno del conservador Mauricio Macri (2015-2019), Clarín logró despejar los últimos obstáculos para la toma de control de Telecom. Como resultado, no hay, en otro mercado de habla castellana, un conglomerado con semejante peso en las industrias de medios y telecomunicaciones. 

El hecho de que Clarín abarque “todas las actividades vinculadas con la comunicación, la producción de noticias y contenidos y la infraestructura de conectividad, sumado a que es el principal cableoperador en uno de los países con mayor penetración de la televisión de pago en América Latina, delimita un predominio que no es ejercido en igual medida por Globo en Brasil ni por Televisa en México”, dice el profesor Martín Becerra.

La Nación —socia histórica de Clarín en la producción monopólica de papel para diarios y en negocios agropecuarios— traza una trayectoria diferente. Periódico fundado en 1870, se edificó como el gran medio conservador “on record”. Por lo general bien escrito y abierto al mundo y a opiniones encontradas, sus páginas albergaron a José Martí, Jorge Luis Borges y Leila Guerriero en décadas pasadas.

El medio apoyó cuantos golpe militar y represión se le cruzaron por el camino, invariablemente, en nombre de “los valores de la República y la democracia”. En las últimas décadas, las de internet, los descendientes del presidente liberal-conservador del siglo XIX Bartolomé Mitre pasaron a ocupar un lugar marginal en el accionariado.

Aunque el diario ganó algún grado de desparpajo en las formas, los editoriales siguen albergando un negacionismo apenas disimulado sobre el terrorismo de Estado y posturas extremadamente ofensivas sobre, por ejemplo, “la interrupción voluntaria del embarazo” en menores abusadas.

La novedad reciente de La Nación fue la creación de su propio canal de noticias. En 2016, cuando parecía que no había lugar para otra emisora en el rubro —ya había cinco en Buenos Aires y TN, la señal de Clarín, lideraba la audiencia—, se sumó La Nación Más (LN+).

De algún trazo de José Martí o una crónica profesional sobre la invasión rusa a Ucrania hay poco y nada en ese canal. El eje que surca el aire consiste en la agitación omnipresente contra el kirchnerismo y la izquierda.

Presentadores de LN+, la cadena de televisión argentina del grupo La Nación. LN+

Dicen varias personas, como el dueño de Editorial Perfil (centro), Jorge Fontevecchia; el accionista del Grupo América (ecléctico) Daniel Vila; la principal figura del Grupo Clarín, Jorge Lanata; y la heredera que se dice desheredada Esmeralda Mitre, que los verdaderos dueños de LN+ son empresarios que actúan en nombre de Mauricio Macri.

Una fuente de alto rango de La Nación sugiere que esa teoría es interesada: “El canal irrumpió en un mercado que parecía cerrado y se convirtió en competitivo. De ahí las versiones”.

Para algunos periodistas con años en el diario, el perfil adquirido por LN+ genera incomodidad, si no rechazo. Ocurre que, por el imperio del lenguaje televisivo y la diseminación de sus fragmentos en redes sociales, la huella del canal tiende a tomar la marca por completo.

“Se decidió convocar a determinadas figuras para ganar presencia en un negocio; de lo contrario, no era viable”, resume la fuente, quien remarca que el contenido del canal tiene una incursión limitada en la web de La Nación y muy escasa en el diario impreso.

Poco colaborador para disipar un rumor generalizado, el expresidente Macri alimenta la idea de que el canal es suyo. Cada dos por tres, se deja entrevistar y se desenvuelve con tal comodidad que parece sentirse en su casa.

La fuente de La Nación deplora el exceso de adjetivos que reina en el periodismo argentino y reclama autocrítica “en los dos lados, por trabajar para ese sesgo de confirmación que nos es funcional a todos”. “La utilización de algo tan grave como el atentado a Cristina para generar más grieta es horrible. Este intento de atentado es inadmisible en democracia y nos exige máxima responsabilidad”, concluye la voz del medio conservador.

Para el sociólogo Pablo Alabarces, docente del seminario de Cultura Popular y Masiva en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la deriva de los diferentes soportes de la prensa de derecha está relacionada con un deterioro del discurso conservador hacia un racismo discriminador. “Ahora prevalecen incultos e iletrados que se jactan de pertenecer al mundo de la cultura y la civilización. Hay textos de columnistas de La Nación que son inauditos”, argumenta Alabarces.

El deterioro del discurso se asocia “al rediseño del periodismo a partir del clickbait, que da cuenta de una claudicación de la función periodística”, evalúa este doctor en Brighton.

Becerra puntualiza que el devenir hacia una derecha vulgar de los medios mainstream alberga “un factor que, en cierto sentido, los excede”. “El ambiente económico, social y cultural en que se mueven los dueños y directivos, sus interacciones personales y políticas, e incluso una parte importante de las redacciones de esos medios no les dejan mucho margen para desviarse del rumbo emprendido”, enmarca el investigador del Conicet.

Una bala en el cargador

El 1 de septiembre, minutos antes de las nueve de la noche, el neonazi Fernando André Sabag Montiel y la derechista Brenda Uliarte intentaron asesinar a Cristina Fernández de Kirchner con una pistola Bersa calibre 32. El disparo, por milagro, no salió.

Esa misma noche, el presidente Alberto Fernández y el cristinismo trazaron un puente directo con los mensajes que propalan los medios y parte de la dirigencia de Juntos por el Cambio (la alianza liderada por Macri) y la ultraderecha libertaria.

La réplica de los opositores sostuvo que, en realidad, la estigmatización y la división como estrategia política fueron instaladas por el kirchnerismo. Los medios más aguerridos, empezando por los de los grupos Clarín y La Nación, fueron a fondo.

A cuatro días del atentado, dos conductores de LN+ elucubraron, en el horario de su pico diario de audiencia, que el arma pudo haber sido cargada con “la fiesta de Olivos [llevada a cabo por el presidente Alberto Fernández y su pareja durante la cuarentena en 2020] y los 130.000 muertos por covid”. En simultáneo, TN, la señal de Clarín, daba rienda suelta a la noción de “supuesto ataque, por las dudas que empiezan a aparecer”.

Si hay que ubicar un período en el que el debate político argentino se tornó gritón y binario, ese fue el segundo trimestre de 2008, cuando los productores agrarios y los terratenientes resistieron un aumento en los derechos a la exportación de soja que Cristina y Néstor Kirchner pretendían llevar a cabo. Se produjo entonces un profundo cisma político y social. Los platos se terminaron de romper cuando los Kirchner anunciaron que llevarían adelante una ley de medios audiovisuales de características antimonopólicas, con los principios que rigen en el norte de Europa. Clarín y el kirchnerismo, de relación civilizada y algo más hasta entonces, pasaron a actuar en modo guerra.

“Macri, basura, vos sos la dictadura” es un cántico callejero que tiene correlato en medios audiovisuales y portales afines al peronismo y a la izquierda. Ese exceso que banaliza el terrorismo de Estado de Jorge Rafael Videla y Emilio Massera se relaciona con el calificativo de “mafia” que medios antimacristas le endilgan al exmandatario conservador y sus allegados.

En abril de 2010, Hebe de Bonafini, activista de las Madres de Plaza de Mayo, organizó un “juicio ético” en Plaza de Mayo contra periodistas a los que halló “culpables” de complicidad con la dictadura militar. Algunos de los señalados fueron, en efecto, colaboracionistas del régimen militar, pero otros desafiaron la censura y dieron cuenta de la desaparición de personas, y otros mostraron conductas ambivalentes. En cualquier caso, un proceso con megáfono en una plaza pública no pareció un ámbito sosegado para ponderar aquellas conductas, y menos si ese “juicio” estuvo más motivado por las posturas ante el kirchnerismo.

“Estuvo mal, no corresponde, pero son hechos muy puntuales. Comparar esas barbaridades con una acción sistemática de los grupos concentrados es absurdo”, sostiene una fuente vinculada a la dirección de El Destape, medio digital que expone su afinidad política e ideológica con el cristinismo.

El periodista distingue “el conflicto como núcleo de la política”, idea sostenida por teóricos que ha seguido Cristina Fernández de Kirchner, del “odio racista y antifeminista que enarbola la derecha de habla hispana y, especialmente, los dirigentes del PRO [partido de Macri] y periodistas muy cercanos”.

“Nunca vi semejante nivel de odio en democracia. Sólo es comparable a los períodos previos a los golpes militares”, agrega la voz de El Destape.

El crecimiento de este portal digital, que luego creó una radio homónima, se disparó en 2016, cuando, en el inicio del Gobierno de Macri, cerraron varios medios kirchneristas y periodistas críticos fueron despedidos. Uno de ellos fue Roberto Navarro, quien apeló a la financiación colectiva para lanzar El Destape.

En agosto pasado, Navarro fue denunciado por periodistas de LN+ por “incitación a la violencia”. En su radio, el periodista dijo que colegas de medios de derecha estaban propalando mensajes de odio. “Algo tenemos que hacer para frenarlos. Mañana o pasado pueden matar a alguien. Deberían tener miedo ellos”, afirmó. Navarro explicó que ese comentario fue en el marco de una opinión de 12 minutos que le da contexto, y que, por el contrario, él suele recibir insultos y hasta agresiones físicas por parte de transeúntes que esgrimen consignas similares a las que circulan por los multimedios La Nación, Clarín y América.

Ese juego de espejos —con diferencias evidentes en el poderío en favor de la derecha— tiene un subcapítulo en los vínculos entre empresarios y funcionarios kirchneristas con estrellas que insultan a Cristina Fernández de Kirchner, la Abuela de Plaza de Mayo Estela de Carlotto y “los planeros” (denominación despectiva de quienes reciben ayuda social). Algunas voces ultras encuentran eco en medios que se asumen “nacionales y populares”, síntoma de una extraña fascinación o de algo más turbio.

Dos exponentes de la izquierdofobia más violenta, los periodistas Viviana Canossa y Baby Etchecopar, ocuparon espacios centrales en multimedios filokirchneristas hasta hace pocos años. Al parecer, en algunas mentes de esos conglomerados reside la fantasía de que incorporar a voces de ultraderecha servirá para contenerlas y/o pelear por la audiencia.

Más turbio aún resulta que Sabag Montiel y Uliarte, los jóvenes ahora procesados por intento de homicidio agravado de la vicepresidenta argentina, tuvieron sus minutos de fama y viralización semanas antes del intento de magnicidio a partir de extrañas apariciones en el canal popular de noticias Crónica TV, de ideología indefinida.

El dúo fue entrevistado y celebrado como humildes vendedores callejeros de algodones de azúcar de ideología libertaria que rechazaban los planes sociales, en contraste con los “planeros”.  

Para Pablo Alabarces, la polarización política y mediática “está mal hecha, falseada y peor narrada”. “Hablar de una grieta bipolar omite que hay más líneas de fuerza y, a su vez, cierta exaltación de la violencia simbólica disimula las continuidades” a ambos lados, resume el sociólogo de izquierda.

El docente advierte que los discursos de la derecha y del kirchnerismo evitan la defensa explícita de la agresión física, pero “crean un contexto en el cual puede considerarse legítima”. No obstante, Alabarces advierte que las partes en pugna no son equivalentes: “Si bien el discurso más radicalmente kirchnerista a veces es muy difícil de sostener, su punto de partida es de resistencia al opresor, por lo tanto, no discriminador, mientras que el de las derechas conservadoras se sostiene en la jerarquía social y, a partir de allí, integra una visión racista y sexista”. Que esos sectores apelen a terminología como ‘la yegua’ (Cristina), ‘negros de mierda’ y ‘montoneros’, remarca, “es una diferencia no menor”.

“A veces, se van al carajo”

Jonathan Morel, de profesión carpintero, 23 años, es uno de los fundadores de Revolución Federal. El campo de acción de este grupo que se comenzó a conformar en abril pasado incluye las redes y manifestaciones en plazas y esquinas estratégicas, como Juncal y Uruguay, donde habita Cristina Fernández de Kirchner y donde un neonazi gatilló en vano el 1 de septiembre.

La metodología de los adherentes a Revolución Federal incluyó el lanzamiento de antorchas contra la Casa Rosada, daños a automóviles oficiales, amedrentamientos a funcionarios, manifestantes y periodistas, y exposición de una guillotina en Plaza de Mayo con un cartel que advertía a todos los kirchneristas que terminarán “presos, muertos o exiliados”. El perfil de Twitter de Morel decía “bala a los K”.

Votante de Macri en el pasado, el joven hoy adhiere a las ideas del libertario de ultraderecha Javier Milei, “sin ser fan”.

“Yo aviso, yo grito”, dice Morel, pero cuestiona el intento de magnicidio, pese a que Brenda Uliarte participó del acto de las antorchas en Plaza de Mayo.

A la hora de informarse, Morel sigue Los herederos de Alberdi, un canal libertario de Youtube, y mira televisión a través de plataformas, porque así puede adelantar o atrasar y pierde menos tiempo. “No soporto un programa completo”.

Con su creciente exposición, Morel se ganó denuncias por amenazas, mientras Revolución Federal está en la mira de la Fiscalía y el juzgado que investigan el intento de magnicidio, aunque el grupo no se encuentra formalmente implicado en la causa.

Tras ver su nombre y su rostro en portales de noticias, Morel ya manifiesta cierta decepción con el periodismo. “Me jode cuando noto que están cuidando a alguien, y me di cuenta de que el periodismo de verdad es el que realmente respeta lo que decís más allá de tu ideología”.

Los periodistas a los que más respeta Morel son Luis Majul, Jonathan Viale (ambos trabajan en LN+ y Radio Rivadavia) y la citada Canosa. Identifica a LN+ como el medio “más coherente”, aunque evalúa que, “a veces, se van al carajo”.



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