Fotograma del filme de Scott Derrickson «Black Phone».

Scott Derrickson trata de evitar los lugares comunes del cine de terror y devuelve una pizca de dignidad al género, que no es poco

05 jul 2022 . Actualizado a las 05:00 h.

Admitido que en nombre del terror se cometen tropelías coyunturales a tutiplén, con el prioritario objetivo de encandilar a la troupe adolescente —según las estadísticas, sus consumidores más fieles—, The Black Phone casi suena a música celestial porque intenta salirse del carril, aunque el guion bien podría reajustarse al alza puliendo algunos trazos en exceso inverosímiles, incluido el ingrediente sobrenatural. Coproduce la firma especializada Blumhouse, y guioniza y dirige Scott Derrickson, muy cómodo en el formato y autor de Sinister (2012), también con Ethan Hawke, que se implicó a tope en el proyecto. Filmado en plena pandemia y bajo estrictos protocolos de seguridad, adapta un relato de Joe Hill —hijo de Stephen King— centrado en un psicópata secuestrador y asesino de niños, aunque la trama toca de refilón el espinoso tema del bullying.

Si, en lo formal, deja un retrogusto de buen producto serie B, tanto en el manejo del plano, la luz y una mesurada posproducción de color, a lo que se suma una agradecida agilidad narrativa con frecuente uso del flashback, donde eclosiona es en el pulso dramático que mantiene Hawke como The Grabber y el quinceañero Mason Thames —en su primer papel en el cine— en la piel de Finney, que quizá acabe convirtiéndose en una pesadilla para el primero.

En estas ficciones, la truculencia es un recurso lícito e incluso imprescindible, pero también está logrado el papel del viejo teléfono negro de baquelita, cual objeto vintage e inservible, colgado en una de las paredes desnudas del lúgubre sótano insonorizado, en donde el chaval se pasa medio metraje angustiado sin que el espectador se resienta en su butaca. La calidad aterradora de las numerosas máscaras —diseñadas por el polifacético y gran protésico Tom Savini— contribuye a un deseable efecto inquietante. No es fácil sorprender al espectador actual, de ahí los inevitables lugares comunes, pero a cambio Derrickson administra con soltura el suspense hacia un desenlace en absoluto previsible. Poco importa ya que asome alguna que otra zancadilla; al menos devuelve una pizca de dignidad al género, que no es poco.



Black Phone, retrogusto de buen producto serie B