Ella creyó vivir una historia de amor de película hasta que él reveló su lado psicópata narcisista, y se sintió en el infierno

Los nombres que componen el relato de esta historia real, tanto el de mi paciente como el de su hija y su ex pareja, han sido modificados con la finalidad no solo de preservar la identidad de mi paciente, sino y sobre todo, su vida.

Hace muchos años que recibo pacientes derivados por el cuerpo técnico de los diferentes juzgados. Ana venía por indicación del juzgado penal en el marco de una causa por amenazas de muerte que estaba comenzando contra Rafael, el padre de su hija. Luego de otorgarle una medida perimetral que de alguna manera pudiera garantizarle protección tanto para ella como para su hija Candelaria, se sentía preparada para iniciar su tratamiento terapéutico.

El tratamiento de las víctimas de los psicópatas narcisistas es uno de los más duros y difíciles de llevar. El nivel de angustia y desconcierto que presentan las mismas, es exactamente igual a aquel estrés postraumático que podemos ver en cualquier persona, por ejemplo, que haya estado en situación de guerra. Coagular la sangre que sale por esta herida, requiere un trabajo terapéutico diferente y mucho más intenso, sabiendo con certeza que la recuperación total es una meta posible, pero muy difícil de lograr.

“Doctora, me enamoré del diablo”

Cuando la vi a Ana, sabía que esta no iba a ser la excepción a la regla. Ni bien se sentó en el sofá, comenzó a llorar. El miedo y la angustia le temblaban en la garganta. Tenía que frenar el discurso, tocarse el pecho y tomar una bocanada de aire, cada diez minutos, para poder seguir.

“Antes que nada, le pido disculpas por venir con Candelaria, pero no puedo dejarla ni siquiera con mis padres. Hace poco me separé del padre y tengo una medida perimetral, que impide que se me acerque. Como tengo terror que le haga algo a la nena, traerla conmigo es la única forma de garantizarme que, al no poder acercarse a mí, tampoco lo podrá hacer con ella. Tiene apenas dos meses. No creo que sea un impedimento. Recién comió”, se disculpó Ana.

“Tranquila, Ana. Lo importante es que diste un gran paso y ya estás acá. Vamos a tratar de adaptar las sesiones a la realidad que te toca pasar en este momento. Sé que es seguramente te resulte difícil hablar del motivo que te trae por acá, tomate tu tiempo y como puedas, me vas contando“, le dije

“No tengo forma de explicar como terminé así. No tengo manera. Siento mucha vergüenza. Pudor. Me siento una idiota. ¿Como se puede vivir tantos años como lo hice yo? Culpa. Me siento con culpa. Mire doctora, va a pensar que estoy loca, y no me extrañaría, porque cada tanto yo también lo pienso. Este tipo me arruinó la vida. No hay explicación posible que me devuelva la integridad, la única certeza que tengo es que me enamoré del diablo. Así como se lo digo”, continuó diciendo.

“Me enamoré del diablo. Miro para atrás y si hay algo que no puedo hacer es responderme a mi misma como pasó. Le juro. Me siento destruida. Muerta en vida. Seca. Es como si alguien me hubiera violado el alma. Años de tortura que soporté sin acaso darme cuenta de lo que estaba viviendo”, aseguró.

Una historia de amor que terminó en un juzgado

El único motivo que me tiene en pie es la beba. Pobrecita, mi amor. Tan inocente cargar por una decisión mía con este padre de por vida, no sé cómo me lo voy a perdonar. En realidad, no sé si algún día me lo va a perdonar ella. Rafael se llama, pero cada vez que pronuncio su nombre tengo ganas de vomitar. Siento un malestar físico que no puedo explicar. Asco. Siento rechazo y asco. ¿Podemos decirle de otra forma? Entre mis amigas, las que me quedaron, y mi familia, le decimos el innombrable. Si no le molesta, me voy a referir a el de esa forma. Hablé con mujeres que pasaron el mismo infierno que yo, y les pasa lo mismo. Nadie puede decir su nombre. Una se siente desprotegida hasta en pronunciarlo en voz alta. Con temor a invocar su presencia al llamarlo sin haber querido hacerlo. Nadie, créame los llaman por su nombre. Pero todas podemos mostrar su marca”, expresó con pesar.

“Tranquila. Me interesa que estés tranquila. Quiero que me cuentes que pasó. Por qué terminaste esta relación en un juzgado penal. Tu historia Ana, contame tu historia”, le pedí.

“La verdad es que mi historia no es una historia de amor. Es una historia de terror. Conocí a este tipo en un boliche. Una persona agradable, muy seductora, interesante a los ojos de cualquiera. Simpático. Amable. Servicial. La verdad es que yo no era de salir mucho, más bien solía juntarme en casa con mis amigas”, comenzó a contar.

“Toda mi vida me dediqué a las artes plásticas, y con el tiempo empecé a dar clases en el quincho de la casa de mis viejos. Una vida muy tranquila. Cero conflictos. O lo conflictos comunes que puede tener una persona a los veinticinco años. Este innombrable era una de las personas de seguridad del bar que le digo. Su aspecto físico era de tipo rudo, varonil, bronceado, alto, enorme, muy llamativo. Cualquiera hubiera caído. Pero en este caso: cualquiera fui yo. La cuestión es que terminamos hablando. Le pasé mi teléfono y al día siguiente sin hacerse esperar, ya me estaba llamando”, relató.

“Iniciamos una relación de manera inmediata, porque al principio, juro por mi hija que era una persona increíble. Era todo lo que estaba bien. Vivía super pendiente de mí, me trataba como una reina, super amoroso, cariñoso, empático. Un tipo que siempre estaba ahí, cada vez que yo lo necesitaba. Admiraba mi trabajo, le encantaba. Me potenciaba mucho en eso. No lo sé, era como si me tuviera en un altar. ¡Regalos! Me acuerdo la cantidad de regalos que me llegaban de sorpresa a casa, o no sé, me invitaba a cenar a lugares hermosos, en fin. Un caballero de los de antes. Cualquiera se hubiera enamorado de él. Le juro. Era como vivir una luna de miel sin acaso conocernos. Nunca una pelea, ni una discusión. Teníamos los mismos intereses, se llevaba bien con familia. ¡Qué se yo! Un disparate cada vez que lo recuerdo. (BOMBARDEO DE AMOR)”, aseguró.

“Hasta ahí, una película hermosa. ¿Pero después? Que pasó”, quise saber. “Qué no pasó sería la pregunta. Al tiempito de todo esto que te cuento, las cosas se empezaron a poner un poco tensas. Por momentos era este hombre que le cuento y por otros era un monstruo. Irónico, chistes desagradables y fuera de lugar, ataques sutiles a mi autoestima, destrato, ninguneos, y en forma paralela y con la misma intensidad la negación por parte de el de todo lo que te estoy diciendo.
Todo lo que hacía o decía le molestaba. Mi trabajo, el que tanto adoraba meses atrás, le resultaba poca cosa. Gracioso. De hippie sucia…”, se sinceró Ana.

“Yo terminaba dudando hasta de mi propio nombre”

“Le encontré conversaciones con mujeres que no dejaban a la duda alguna que me estaba engañando. Pero, así y todo, y con la prueba en la mano, él lo desmentía con una certeza estoica. No se le movía un pelo, tal era la seguridad con la que me hablaba de que yo terminaba dudando hasta de mi propio nombre. No sé cómo hacía, pero siempre terminaba revirtiendo la situación y la que terminaba pidiendo disculpas era yo”, comentó.

“Con el tiempo, todo era motivos de discusiones, tenía problemas con mis amigas, mi familia, mis seres queridos, me volvía tan loca hablándome mierdas de todos ellos, que un día me di cuenta de que estaba sola encerrada en la pieza de mi casa. El único que venia a verme era él. Cada tanto y cuando quería. Llegaba tarde, me dejaba plantada, siempre alguna excusa dando vueltas. Yo al principio le discutía todo, pero los meses pasaban y yo iba perdiendo energía. Vivía en la cama. Ya ni trabajar podía. Me dolía la cabeza, el cuerpo. La vida.

De repente empecé a tener ataques de pánico, miedos y un estado de indefensión total. Me sentía tan consumida que no podía ni siquiera pedirle que se fuera. Además, empecé a tener miedo a sus escenas, a sus discusiones interminables producto de nada, y cada vez terminé volviéndome más chiquita. No podía más. Me generaba un malestar en todas las áreas de mi vida, y juro que intente dejarlo mas de diez veces pero cada vez que lograba hacerlo, volvía a aparecer como, un golpe de magia, el hombre amoroso que había conocido aquella noche en aquel boliche.

Eso me daba la ilusión de creer que las cosas en algún momento se iban a modificar… Creía una y otra vez en sus promesas, en sus disculpas. Sus llantos, sus arrepentimientos, sus angustias cada vez que según el sentía que me perdía eran moneda corriente. Hasta amenazaba con suicidarse si yo lo dejaba. Y todo se volvió cíclico. Una locura interminable.

Yo aflojaba, le volvía a creer, y de manera inmediata e injustificada volvía a aparecer el monstruo. Cuando él volvía a su estado original, o el que me enamoró a mí, yo me sentía confundida, con mucha culpa, y con la sensación de que me estaba volviendo loca. Él me tildaba de celosa, de posesiva, de tóxica, y entonces fundamentaba todo lo que el hacia haciéndome cargo a mí de las cosas.

“Me acusaba de no provocarle deseo”

Sexualmente cada vez peor. Yo evitaba los encuentros, en los cuales me sentía humillada, violada, no sé, destratada. Todo el tiempo quería tener sexo. Sus formas eran raras, inusuales, perversas, Solo se trataba de su satisfacción, la mía no importaba. No solo eso, me acusaba de no provocarle deseo. Me comparaba con otras mujeres, me vivía hablando de sus ex…recuerdo que yo siempre terminaba encerrada en el baño llorando y el tiempo después se acercaba y me decía que yo había interpretado mal las cosas, que no había querido lastimarme, en fin”.

“¿Ya veo…y cuánto tiempo estuviste así?”, indagué. “Años. Años, por favor. Años. De hecho, la última vez que nos arreglamos, insistía tanto en querer casarse conmigo, en tener una familia juntos, en construir algo sano, como aquello que teníamos al principio… que le creí de nuevo. No solo le creí, sino que como una estúpida aprobé la reconciliación sexual dejando que no se ponga preservativo, como una prueba de amor que siempre me había pedido pero que nunca le había concedido. Lo que pasó, se llama Candelaria y es esta chiquita hermosa”, confesó.

“Entiendo… y cómo fue el transitar el embarazo con este…innombrable”, le pregunté. “Una tortura. Me dejó sola todo el embarazo. Salía a la noche. Cuando volvía, lo hacía a la mañana. No me hablaba, empezó a utilizar el silencio como forma de maltrato. Me ignoraba. Solo me hablaba para pedirme comida y nada más. Nunca fue a un médico conmigo, y las pocas veces que entraba a ver la ecografía que fueron dos, era como una transformación que no podía creer. Un tipo divino, encantador, que se llevaba los elogios de todos los integrantes de la clínica. Porque eso sí, para el afuera, él era encantador y yo la loca trastornada que no valoraba lo que tenía al lado. Por eso me terminé cansando y de hablar poco del tema terminé silenciando y tragándome todo lo que iba sintiendo y pasando. La gente no te cree. ¿Para qué contar?

Hasta que nació la nena. Cesárea y a los dos días a casa. La primera noche no volvió. La segunda durmió en el living porque le dolía los oídos cada vez que Candelaria lloraba y la tercera, durmió en el auto. En un descuido dejó el celular en la mesita de luz, y cuando sonó pude leer doce millones de mensajes de un montón de mujeres con las cuales mantenía relaciones cada vez que no dormía en casa. Un perverso. Un sucio, un asqueroso.

Como pude, bajé hasta el auto, le revoleé sin pensarlo el celular en la ventanilla del auto y cuando se bajó, creí que me iba a matar. Sin embargo, puedo volver a decir, que no me tocó un pelo. ¿Cómo alguien puede destruirte sin ponerte una mano encima? Gritaba. Pero cómo gritaba. Estaba ido, ciego, los ojos estaban eyectados en sangre. Era algo que no puedo explicar. Nunca en mi vida tuve tanto miedo. Empezó a decirme tantas barbaridades, pero tantas, tan dañinas, tan dolorosas, que iban subiendo en una escalada de crueldad, que me hace mal recordarlas.

Los vecinos que escucharon los primeros gritos intentaban sacarlo del lugar hasta que llegó la policía. Se lo llevaron preso, pero salió al día siguiente, porque no había señales de violencia. Esto es así, doctora. A la única víctima que no la cuestionan es a la que está muerta. El daño que me hizo no se ve a los ojos de nadie. Junté la poca fuerza que me quedaba y acompañada por papá fui a la comisaria de la mujer donde me derivaron a la defensoría del pueblo. De ahí al juzgado…y del juzgado acá estamos”, expresó Ana.

“Soy una víctima que logró sobrevivir a un monstruo”

“Tremendo querida Ana. Tremendo. Mucho por trabajar. Nos va a llevar tiempo, pero te pido que confíes en este espacio. Vamos a sacarte adelante. Te lo prometo. ¿No estás sola, sabés?”, le dije.
“Gracias doctora, sé que no será fácil. Ya no recuerdo quién soy. Tengo que volver a encontrarme. La gente dice que soy fuerte. Que tuve mucho coraje en animarme a denunciarlo. Yo les digo que de valiente no tengo nada. Y que lo que tuve no se llama coraje, se llama suerte. En definitiva, soy una víctima que logró sobrevivir a un monstruo. Pero créame que tanto es el dolor que cargo, tan poca cosa me siento, me destruyó la autoestima, ya no creo en mí, o en lo que quedó de mí. No puedo confiar en nadie. De hecho, hasta para caminar dos cuadras tengo que ir acompañada. Tengo terror a que aparezca. No solo eso, tengo terror a que aparezca y pueda enredarme otra vez. Sé que es inentendible lo que le digo. Pero por eso mismo, acá estoy. Necesito ayuda”, se lamentó.

Antes de terminar la sesión, ya parada, dio vuelta su brazo, y me mostró un tatuaje que según me dijo, lo hizo una vez que la pudieron otorgar la medida perimetral:
“Hay finales que nos salvan”, decía en su piel.
Y tenía razón.

Especialistas en técnicas de la manipulación

Hay relaciones abusivas en las cuales, el agresor sin tocarle un solo pelo a la víctima es capaz de minar progresivamente su autoestima hasta reducirla a su mínima expresión, tal cual trata de explicarnos Ana con su relato.

Cuando hablamos de psicópatas integrados, hablamos de personas se desenvuelven con una aparente normalidad a nivel social, sin mostrar ningún comportamiento delictivo, aunque puedan serlo. No padecen ninguna enfermedad, más bien, hoy en día se habla de ellos como seres con predisposición a la maldad, es decir, personas que disfrutan con el dolor que provocan de manera intencional en el otro. Dicho esto, se entiende que NO existe la posibilidad de sanación alguna, ya que no son ellos los que presentan algún síntoma de malestar, ni de confusión, ni de culpa ni arrepentimiento, ni mucho menos de angustia, siendo sus víctimas las que concurren abatidas emocionalmente a terapia psicológica.

Especialistas en técnicas de manipulación logran enganchar a sus víctimas repitiendo una serie de comportamientos que de manera imperceptible aplican sistemáticamente en cada una de sus presas, con la única finalidad de destruirlas.

Bombardeo afectivo: hace referencia a una estrategia de manipulación que consiste en demostrar atención y afecto de forma insistente por medio de aprobaciones, regalos, halagos, detalles, con intención de conquistar a la pareja y ganarse su confianza. Para estos fines, el PNI abre contacto con ella cada día y este se prolonga por horas. Parece como si de repente, y sin conocerse demasiado (como bien cuenta Ana ) la conexión fuese enorme e imparable. Suelen generar un clima de mucha intimidad de manera inmediata con la finalidad de que puedas abrirte con ellos, obteniendo mucha información sobre vos y tu vida privada. Es por eso por lo que te escucharán con mucha atención, estarán disponibles para vos en todo momento, ofrecerán su apoyo en todo lo que necesites.

Fase de devaluación: una vez lograda la conquista, de manera inexplicable comienza a cosificar a su presa humillarla, mentirle, manipularla y devaluar a la víctima. Debido al enganche producido por la fase anterior, la persona hace todo lo posible por recuperar su amor idílico, hasta someterse y aceptar malos tratos sintiendo que es ella la culpable del cambio. Es el momento donde la relación se ha vuelto un campo minado para la víctima, quien padeciendo todo tipo de abuso (verbal, emocional, sexual, espiritual, financiero) empieza a reprimir sus demandas por miedo a cualquier tipo de reacción por parte del agresor. Sobre todo, por terror a perderlo.

Si bien el PNI engaña a la víctima con terceras personas durante toda la relación (triangulación ), es en esta fase cuando lo deja ver de forma más obvia. Sin embargo, es a través de la luz de gas (gaslighting) que hace dudar a la víctima de su propia percepción, donde niegan con total impunidad los dichos que relatan sus parejas, con frases tales como: estás loca, estás bipolar, sos muy infantil, te volviste tóxica. De esta forma terminan dando vuelta la tortilla y es la víctima la que comienza a cuestionarse su propio comportamiento.

Descarte: no hay proceso de separación. Hay ausencia de cierre. Es como si el PNI tuviese un botón de encendido y apagado con respecto a la relación y a la víctima (te quiero vs no existes). Es a través del tratamiento del silencio que no es más que otra forma de abuso psicólogo, mediante el cual el psicópata cierra todo tipo de dialogo y comunicación

El PNI casi siempre regresa. Ya sea para retomar el vínculo inicial o bien, si es que se encuentra en otra relación, para que se vuelva una fuente secundaria de suplemento narcisita.

Los psicópatas narcisistas integrados NO tienen fallas en el área cognoscitiva: comprenden todo, pero no sienten nada. Esta carencia de empatía es la causante de la imposibilidad de sentir culpa ni arrepentimiento, solo actos de manipulación para lograr su única meta: descartar a la víctima una vez que ya han logrado su único objetivo: vaciarlas de la autoestima que en el fondo carecen.

Camino a la recuperación

Si caíste en las garras de estos depredadores emocionales es imperioso que concurras de manera inmediata a profesionales de la salud mental que estén especializados en el tema. La única forma de cortar esta relación es estableciendo contacto cero con estos personajes. Si el contacto cero resulta inevitable por alguna cuestión de fuerza mayor (hijos, trabajo, etc.) te sugiero que busques información acerca da la llamada piedra gris.

Por último, y no menos importante, resulta de vital importancia decir que: no hay nada que haga la víctima que forme parte de la responsabilidad de haber sido abusada por un PNI. Generar sentimiento de culpa en la consumación de una relación que será abusiva por actos de manipulación calculados de manera estratégica por el abusador es revictimizar a la persona con la falsa creencia que algo tuvo que ver en este proceso de depredación. Lo único que hizo la víctima, fue estar en el lugar y en el momento equivocado.

Fuente: Lorena Pronsky es licenciada en psicología, autora de varios bestsellers y conferencista. Su IG: @lorenapronsky.

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